El destino de la creación

Hoy en día muchos consideran la creación y la historia como una caminata sin rumbo a través del tiempo, a la cual podría aplicarse la famosa frase de Shakespeare, «un cuento dicho por un idiota, lleno de sonido y furia, pero que no tiene significado».


Otros ven una lucha por la supervivencia, la reproducción y el avance evolutivo. Otros, influenciados por religiones orientales, ven un círculo, el ciclo de vida del rey león, repitiéndose interminablemente y encontrando significado en la repetición.


Pero la historia de la creación en la Biblia es diferente. La historia de Dios no es un ciclo, no es aleatoria y no es evolutiva, en lugar de eso está colmada de gracia. La historia de Dios tiene un destino, un objetivo, precisamente porque inicia con un propósito – el despliegue de la gloria de Dios. Y a pesar de nuestro pecado, Dios ha estado dirigiendo la creación a través de la larga marcha de la historia al destino que él ha preparado para ella. Ese destino tiene todo que ver con Cristo: El heredero de la creación y aquel por quien y para quien todas las cosas fueron hechas.


Nuevas creaturas


Para comenzar, es a través de Cristo que somos hechos nuevas criaturas. Dios nunca ha abandonado su plan original.


La tierra será llena con el conocimiento de la gloria de Dios como las aguas cubren el mar, y eso sucederá entre tanto la tierra sea llena con portadores que reflejen con exactitud la gloria de Dios. Sólo ahora, por causa de nuestro pecado, necesitamos ser recreados para cumplir el plan de Dios.


Aunque la familia de Abraham fue escogida externamente por Dios, sus corazones estaban – y nuestros corazones están – corrompidos y muertos en pecado. Ellos continuamente rompían el pacto de Dios y se mezclaban con el mundo, tal como lo habríamos hecho nosotros si Dios nos hubiera dejado en nuestro estado natural de separación de Cristo.


La historia de Israel, como nuestra historia personal, apunta a nuestra necesidad de que nuestro terco y pecaminoso corazón sea reemplazado por corazones ablandados por la Palabra y el amor de Dios.


Esto es lo que Jeremías prometió que el Mesías haría en Jeremías 31, y es lo que Jesucristo, de hecho, ha cumplido. A través de su palabra, el evangelio, Jesús resucita pecadores muertos en novedad de vida y los hace nuevas creaturas. Así lo escribe Pablo, «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). En otro lugar, lo expresa de este modo:


«Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:4-10).


La gracia de Dios hacia nosotros no viene porque hayamos decidido que necesitábamos nuevos corazones y lo hubiéramos pedido, como tampoco Adán pidió ser creado o Abraham pidió ser llamado por Dios. La gracia viene a nosotros por medio de Cristo porque Dios nos ama. Irresistiblemente, como un esposo que atrae a su amada, Dios cambia nuestro corazón, lo regenera, recrea nuestra misma naturaleza, de manera que en lugar de odiar a Dios y correr lejos de él, lo amamos y nos volvemos a él en fe y arrepentimiento. Como Juan dijo: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). A través de Cristo, quienes hemos puesto nuestra fe en él hemos sido hechos nuevas creaturas.


El despliegue de la gloria de Dios


Pero no solo a través de Cristo y su gracia es que somos nuevas creaturas. En Cristo, somos una vez más el despliegue de la gloria de Dios.


Desplegamos la gloria de Dios al reflejar su carácter como nuevas criaturas. Pablo nos dice que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para andar en buenas obras. Cuando demostramos el fruto del Espíritu en lugar del fruto de la naturaleza pecaminosa, cuando amamos a nuestros enemigos, cuando perdonamos como Dios nos perdonó a nosotros, desplegamos la gloria de Dios. Estas buenas obras no nos salvan, en lugar de eso, demuestran nuestra salvación, despliegan que hemos sido hechos nuevos. Si no vemos la gloria de Dios en vidas transformadas en la membresía de nuestra iglesia, entonces, necesitamos hacernos algunas preguntas difíciles acerca de nuestro ministerio como pastores y líderes. El ministerio del evangelio resulta en vidas que despliegan la gloria de Dios.


Pero no son sólo nuestras vidas cambiadas las que manifiestan la gloria de Dios. En nuestra unión con Cristo por medio de la fe, somos reconciliados y unidos a aquel que es la «imagen del Dios invisible», «el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (Col. 1:15; He. 1:3). Nos convertimos en su cuerpo, la iglesia. Y aunque venimos de toda tribu y lenguaje y color, estamos unidos en él como un solo pueblo de Dios, una sola raza, una sola nación. La confusión y la maldición de Génesis 11 han sido quitadas por Cristo.


En Cristo, muchos formamos un cuerpo y cada miembro pertenece a todos los demás (Ro. 12:5).


A través del evangelio los gentiles son herederos junto con Israel, miembros unidos de un cuerpo y participantes de la promesa en Cristo Jesús (Ef. 3:6).


En Cristo, la iglesia despliega la gloria de Dios, y las divisiones de este mundo no cuentan para nada y todo cuenta como una nueva creación (Ga. 6:15). Por esto queremos que nuestras iglesias sean diversas étnicamente así como nuestras comunidades. Queremos que nuestras iglesias sean lugares donde no necesitemos otra cosa que a Cristo en común para amarnos los unos a los otros. No necesitemos tener los mismos trabajos. No necesitemos tener los mismos logros académicos. No necesitemos tener el mismo color de piel. No necesitemos tener el mismo gusto por la música. Todo lo que necesitamos es una nueva creación. Todo lo que necesitamos tener en común es Cristo. Ese no es un objetivo político, es un objetivo del evangelio y una realidad en la nueva creación.


El objetivo de la creación


Pero aún eso no hemos agotado el destino de la creación. Porque juntos con Cristo, somos el objetivo de la creación.


La iglesia es más que el cuerpo de Cristo. Juntos con los creyentes de cada época desde el comienzo del mundo, somos la novia de Cristo. No es accidente que la última imagen del mundo no caído en Génesis 2 presente la intimidad de un esposo y su esposa en su día de bodas. Creo que se nos ha dado la última imagen instantánea de un mundo no caído, porque esa es la imagen del propósito final de la creación. A través de la historia Dios ha estado dirigiendo la creación hacia una boda. En Apocalipsis 21, el apóstol del amor escribe:


«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas» (v. 1-5).


El destino de la creación es un día de bodas


La historia de la creación realmente es una historia de amor, la historia del novio que no se detendrá ante nada, ni siquiera a costo de su propia vida, para ganar para sí una novia, y presentarla a sí mismo radiante y hermosa, sin mancha y pura. La historia termina con un novio preparando una nueva casa para su compañera – un cielo nuevo y una tierra nueva. A diferencia de Adán y su novia, este novio promete que Él excluirá de la nueva casa todo lo que pueda arruinar o detractar de su amor.


En ese lugar, no habrá más llanto ni dolor, porque no habrá más pecado o maldad. Ahí se encontrará solo amor, cuando Cristo y su novia desplieguen la gloria de Dios en la gracia redentora y los ángeles observen con asombro.


No hemos llegado allá. Pero allá estaremos. ¿Estás viviendo para ese día? ¿Está tu vida incluida en esa historia? Puede ser. La gracia de Dios es suficiente y el llamado de su amor es irresistible. Ora para que tengas oídos para oír la voz del amor de Dios en Cristo, ora que tu pueblo tenga tales oídos. No descanses satisfecho hasta que estés seguro que la única voz que ellos escuchan desde tu púlpito sea esa voz singular, la incomparable voz del amor.


*Esta serie de artículos son una adaptación de un articulo mas extenso publicado en la revista de 9 Marcas #3 - Teología Bíblica

Michael Lawrence (PhD. Cambridge University; M.Div Gordon-Conwell Theological Seminary) sirve como pastor principal en Hinson Baptist Church en Portland, Oregon. Lawrence es autor del libro Teología Bíblica en la Vida de la Iglesia: Una guía para el ministerio

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